Ese verano fue feliz. Había esperado con todas mis ansias la llegada de las vacaciones. Harta de cuidar de otros en mi trabajo, quería tiempo para mí. Había entendido después de mucho tiempo, que la gente muy rota, si no encuentra la vuelta por sí misma, es como un vampiro que te drena la energía; eso con tal de salvarse y de sobrevivir: pura necesidad desbocada. A estas obvias conclusiones de autoayuda barata había llegado luego de un largo proceso de terapias de todo tipo y color, rituales, hechizos, canalizaciones, visualizaciones, etc. La última terapia con la que estaba experimentando, se llamaba “corte de lazos”: durante 14 noches antes de dormir, debía imaginarme a mi y a la persona elegida para reformular el lazo, en una habitación blanca y dibujar con un azul fluorescente, un ocho infinito que nos rodeara a ambos y luego, deshacer el link con más imaginación; soltarlos, liberarlos. Recuerdo que cada corte tenía su cualidad. Por ejemplo, el lazo entre mi mamá y yo era como el brazo de un pulpo, y yo veía que con un hacha partía en pedazos ese material orgánico y chicloso que nos unía y de ahí salía como un jugo de color verde que se desarmaba en el aire, al cual remataba con una fogata porque siempre me pareció que el fuego era el más efectivo de los elementos, para la purificación. Luego, en mi mente, arrojaba al mar las cenizas. Con esto quería ser transformada definitivamente; confundía el perfeccionamiento engañoso del alma con la liberación absoluta del espíritu. Entendía otras cosas, que acá no es momento ni lugar de mencionar, pero resulta una imagen efectiva que espero llegue donde tiene que llegar. Para esta época, llegar a este conocimiento no había sido fácil. Como dije, me dedicaba a otros, a cuidar de otros, seres rotos, niños destrozados por sus familias, por el sistema, y también a “perfeccionar” mi alma a través de cada terapia “alternativa” que apareciera en mi camino “evolutivo”. Volvía de la agotadora jornada laboral, caminando por Corrientes, como para tomar un poco de aire antes de meterme a la línea roja que empezaba en Alem. A veces, caminaba un poco más, paseaba teatros, librerías, monumentos con palomas y gente filmándose, con la imagen de fondo del prócer cagado por palomas. Me ponía los auriculares, y escuchaba la plataforma de videos que me daba mi celular, especialmente aquellos videos que fermentaron luego de la plandemia, aquellos desesperados gritos para “despertar a la humanidad” y salvarla una vez más de su autoaniquilación eterna. En fin, llegó a mi esa información, dio justo que los algoritmos dedujeron un tipo de perfil, un mercado de gente que quería salvarse de algo, porque había quedado un poco desquiciada y bastante conspiranoica. Se hablaba de la Antártida, de los ovnis, del gobierno mundial, de la ascensión planetaria a la quinta dimensión, etc. De entre toda esa maraña multicolor pero monocromática de la “nueva era”, encontré un dato bien práctico, quería resultados. Di con el tema de los contratos del alma. Resulta que según esto, uno pacta antes de venir a este mundo determinadas cosas, pero siempre te cagan. Entonces, para liberarse de tamaña injusticia, el alma que en un rapto de conciencia y rebeldía se da cuenta de que no tiene porqué volver a repetir lo mismo una y otra vez, pierde la memoria y sucumbe al engaño una y otra vez. Sin embargo, todavía puede “hacer” algo. Imaginar la desesperación que puede llegar a sentir un ser que se entera que acá no hay salida, que todo está al revés, que esto es un gran engaño, un mal chiste, pergeñado por el sadismo absoluto de un dios extraño, con el que estará eternamente en desventaja. ¿A quién o a qué dirigirse para hacer justicia, vengarse, a quién amenazar, atentar para terminar definitivamente con esta tremenda y siniestra obra? ¿Qué podía hacer? Me puse a seguir recetas, ¿qué podía perder si lo había intentado todo? Las drogas y los pasatiempos entretenidos no me interesaban más, el suicidio no era viable. Quería estar lúcida y dar mi pelea; no quería seguir consintiendo la esclavitud que intuía, la de darle sentido a esta gran equivocación de la que había que salvarse de una vez y para siempre. Hay veces que cuando uno sabe algo ya no puede hacerse el tonto… Entonces seguí los pasos, anoté todo, leí lo que encontré para sacarme todas las dudas. Me volví fanática, resuelta a quemarlo todo; todo aquello que estaba pactado y yo no sabía, todo debía escribirlo varias veces, firmarlo, leelo y prenderlo fuego luego, en mi sahumador, luego arrojar las cenizas y tirar la cadena. En casa estaban desconcertados, no entendían pero yo me había puesto una meta y creía que llegaría, quería resultados concretos y visibles en mi cruzada rebelde por la verdad. Y de repente, algo sucedió. Se mudó al edificio una vecina nueva, justo abajo. Se hacía demasiado la buena, y eso ya era sospechoso en sí mismo: nunca creas en la renguera de un perro. En fin. Sigo. Ya les había contado, estaba llegando a un momento crucial y estos rituales me habían acercado a instantes de elevada plenitud indescriptibles en palabras, pero eran, y eran compartidos de la mano de mi compañero de vida. Lo que empezó a cambiar, es que a cada sensación placentera y vital (que cada vez era más frecuente debido a mi ardiente trabajo espiritual) se venía un ataque de esta señora. Si. De pronto, la buena vecina, se había ensañado con mi persona y la de mi compañero. Al principio eran cosas tontas, sutiles acusaciones fundadas en estereotipos pedorros de quien se cree por encima del otro para andar señalando la privacidad ajena; luego, los ruidos que hacían nuestros gatos de noche que supuestamente eran a propósito porque la queríamos despertar y la vigilábamos; pronto le agregó ataques en el lavadero de violencia verbal explícita y llamados a la policía. Cada límite cruzado no tenía retorno y la apuesta iba por más. Todo empezó a perder consistencia hasta volverse una pesadilla. Y sucedió tan rápido… escaló desde insultos y acusaciones delirantes, hasta el nivel de escupitajos, palazos en la madrugada a nuestra puerta, todo tipo de rituales y simbolismos escabrosos, tijeras que apuntaban a nuestro patio, basura colocada en nuestra puerta, y cosas por el estilo. Pensamos estrategias, compartimos ideas, trazamos planes, visitamos comisarías, fiscalías, abogados, inmobiliarias, vecinos, asambleas. Pedimos ayuda pero nada parecía favorecernos más todo lo contrario; la suerte estaba con esta desquiciada enferma de odio, creída de su ejemplaridad y de su papel aleccionador en nuestra vida. Un día le compartí a mi compañero la sospecha de que todo ese ritual extraño del último tiempo, las fogatas de contratos, me daban la impresión de que me había metido con una fuerza oscura que había poseído a esta persona, cuál agente smith de la matrix y que ella no iba a parar hasta destruirnos y que lo mejor sería mudarse cuanto antes de ahí, porque algo peor podría suceder. Ya no dormíamos, no hablábamos dentro de casa para que no escuchara nuestras conversaciones, nos cuidábamos de los ruidos que hacíamos, por miedo a sus represalias, teníamos la ventana cerrada constantemente y nos prohibimos salir al balcón, vigilantes teníamos que evitar encuentros sorpresa en el zaguán, en el lavadero, en la puerta de entrada. La vida plena que teníamos antes de esto no podía seguir gestándose cerca de ese vórtice maligno de posesión envidiosa, desgraciada y caprichosa, de esta fuerza implacable que se había propuesto hacernos la vida imposible, destruirnos. Llegué a la conclusión de que había abierto allí una puerta, en el balcón que daba a su patio, y que tenía que cruzar para pasar de dimensión. Ya no era la misma, ya estaba del otro lado. Por eso, cuando me encontró en la calle ese día a la vuelta de mi trabajo y nos cruzamos y me tiró del pelo y me agarró de la mochila, yo no atiné a pegarle ni pude defenderme. Se ve que sabía pelear y que yo no, y también, que estaba asistida por una fuerza sobrenatural más allá de sí. Rápidamente, me doblegó, se subió a mis espaldas y me tuvo sujetada bajo sus piernas como si yo fuese una piedra y ella una bestia asesina que reclama su poder sobre el pedestal, mientras tiraba piñas y patadas, yo gritaba por ayuda. Ahí entendí que me quería muerta, no le bastaba darme una paliza, quería borrarme la existencia con sus manos. Fue entonces que me estrelló la cabeza contra el cordón del asfalto, y luego silencio absoluto. No recuerdo más que eso y la sensación de paz infinita viendo desde arriba la escena pero ya no sentía dolor alguno y lo entendía todo de una vez: había sido feliz ese verano.
Soy B. Hace poco me mudé a un edificio nuevo; permuté gracias a lo que le saqué al hijo de puta de mi ex, porque mi hija todavía era menor y con lo que junté cuando extorsionar al anterior vecino. La hija del dueño, una pelotuda a cuadros, con su chongo tenían intimidad los muy cerdos, y bastante seguido por lo que se escuchaba, y yo me hacía la cabeza y me daba furia. En lugar de hacerme una paja y relajarme ahí, necesitaba hacerme entre ellos. Entonces, por los “ruidos molestos”, les mandé un par de veces o más a la policía. Así, bien para joderlos, de puro conchuda que soy. Feriado, 2-3 de la mañana. Timbre. Poliz. Declaración. Ellos no se pueden negar a venir, la poli, aunque los llame borracha, desquiciada, esquizofrénica, como yo cuando me pongo loca nomás, de que unos sean felices y otros, como yo, no. ¿Por qué a algunos la tienen tan fácil? Ahí fue la primera vez que me llegó el mensaje, fue Dios, lo supe. Se apiadó de mi y me pidió que le mostrara fidelidad, a cambio él me daría lo que yo quería, que era de ellos. Pero tenía que cumplirle como la mejor hija de todas, la más obediente. Me había hablado a mi, era su elegida y tenía que hacer algo para probarle que estaba a la altura del encargo. Acá les voy a contar para que sepan cómo fueron realmente las cosas y no se dejen engañar por aquellos que les mienten primero. El plan era perfecto, yo estaba siendo guiada por aquel mi dios, y todo se iría cumpliendo a la perfección, solo tenía que confiar, esperar y seguir sus instrucciones. Una fuerza superior me estaba asistiendo y era mi oportunidad en la vida. Las cosas se dieron así, una vez adentro del edificio había hecho todos los esfuerzos posibles por ser la mejor vecina de todas, la más pulcra y servicial, la más respetuosa y cumplidora, las más amable sonrisa de oreja a oreja, ya me tenían la confianza absoluta y eso era poder. Un poder silencioso, envenenado, estaba siendo ayudada por las fuerzas del cielo directamente. En esa construcción de edificios, se escuchaba todo. Los oía y los seguía entre las paredes, los pisos, los techos: el hormigón es un material barato y buchón. Las cajas de zapato en donde se vive ahora, que se hacen como chorizo fresco, son perfectas máquinas de control para los paranoicos como yo. Ellos vivían, yo los esperaba, y lo que no podía ver, lo adivinaba con mi poder sobrenatural, y así iba cumpliendo mi misión de informante, de agente secreto de dios. Yo sabía más de ellos, que ellos mismos. Los fui convirtirtiendo en mis criaturas, los eduqué poco a poco con mis intervenciones, y así los hice a imagen y semejanza, pero necesitaba algo más que eso, debía mezclarme con ellos, hacerme parte imprescindible de sus vidas, no me era suficiente adivinarlos, debía corregirlos, decirles la verdad. Las criaturas de mis universos anteriores, no quisieron saber más nada conmigo porque jamás entendieron que siempre quise un bien para ellos, que la verdadera víctima era yo aún cuando los hacía sufrir para que aprendan. Era mi regalo para ellos, les quería hacer un bien, darles a conocer el verdadero amor aunque me rechacen y no lo entiendan, teníamos que volvernos uno, bajo mis preceptos, los únicos válidos. Ya se darían cuenta de la lección que les bajaba a través mío, el señor que está en los cielos, sería su más afinado instrumento de fé. Y en eso me convertí, en su mano derecha. Acaso no hay mejor lección que la entra a sangre y lágrimas y ellos eran mis elegidos. Servía a mi amo y la tarea que me había encomendado, me debía con efervescencia. Ya no me bastaba escuchar a mis criaturas para controlarlos y denunciarlos para instruirlos, tampoco me bastaba esperarlos en los pasillos para mostrarles la verdad en la cara a través de mis palabras santas. Tenía que hacer algo más. Ellos no recapacitaron, eran rebeldes, no querían convertirse a mi lección, no entendían mi amor, y yo no debía dejar que se escaparan una vez más, como mis antiguas criaturas. Yo debía cumplir con los designios divinos, debía perfeccionarme en mi labor santificadora aún más. Entonces, los difamé para que probaran su honor, los acusé para que mostraran su fervorosa lealtad, los escupí, para probarlos dignos y me dieran la otra mejilla. Les pegué palazos a sus puertas, para despertarlos a la realidad verdadera. Y esto funcionó, creo yo. Empezaron a recapacitar, a mostrar miedo y culpa. Mientras tanto, Dios me hacía más favores, ganaba con esto mucho dinero y acumulaba más poder, mis sueños se iban cumpliendo uno por uno. Pero yo quería más y él me pedía más. Y yo que era obediente y ambiciosa, yo quería ser la mejor hija de todos y ofrecerle al altísimo el más alto regalo; una de mis criaturas; entonces ese día de verano la dí primero a ella, cuando le estallé el cráneo contra el cordón del asfalto.
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